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viernes, 5 de octubre de 2012

Trueque en La Posada de la Almazuela.

Después de un par de días de ruta visitando Soria, una gran desconocida pero muy digna de ser vista, con su Cañón del Río Lobos, su Laguna Negra...

Viajábamos en el coche de vuelta a La Rioja, Ainara y yo. La hora de comer se acercaba y nos encontrábamos en la carretera Vinuesa a Montenegro en dirección a Montenegro de Cameros.
La idea consistía en, (además de conocer un pueblo del cual ignorábamos si en él exístían restaurantes o algo similar para echarnos cualquier cosa a la boca) solucionar el tema de la comida.
Así pues, tras un buen rato de dar curvas y más curvas, llegamos al lugar. Casas típicas de pueblo, realizadas en piedra y con ese rejunteo de arcilla oscura, tan común en los Cameros, que le daba un aspecto encantador. Calles con gran pendiente y en sus orillas edificios todos ellos, de mampostería y sillería.

El caso es que, al poco rato, vimos el cartel que andábamos buscando.
-Mira, un restaurante- dijimos.

La almazuela: posada y restaurante.

Varias vueltas y, tras aparcar, subimos una empinada cuesta. El calor apretaba, y llegamos a la puerta. Silencio. No había un alma, la tranquilidad invadía el ambiente sobre las catorce horas.
No teníamos muy claro, puesto que se trataba de un miércoles, de si hubiera alguien en su interior, o si estuviera abierto.
Tocamos el timbre. Al rato aparece una pareja.
-Hola, veníamos a comer, no sabemos si tenéis abierto...- preguntamos.
La pareja se miró.
-Bueno, tenemos cerrado...- dijeron un tanto indecisos.
No obstante, al momento, ya nos decían que si no éramos muy exquisitos, podrían hacer algo en un momento.
Por supuesto que aceptamos, pues nuestra intención era resolver el tema de la comida. Con cualquier cosa nos apañábamos.

Nos sorprendió el interior de la posada: viguería antigua, unas piedras enormes y naturales que probablemente ejercían de cimentación de alguna de las partes del edificio, en una parte de un salón que diáfano que invitaba a la relajación.  Olor a madera, pintura, en definitiva, la restauración hacía poco que se había realizado.
El comedor espectacular. Todo nuevo y decorado con el buen gusto. Ventanas que daban al exterior y enmarcaban un entorno de paz.

Nos dispusimos a comer, solos en un comedor pequeño, acogedor e impoluto, atención personalizada, trato exquisito y qué decir de la comida: Excelente, un buen vino, ensalada con codorniz escabechada que se deshacía en el paladar. Chuletillas de cordero con patatas. Un buen postre casero y café. (Para estar cerrado, nos sorprendió semejante hospitalidad).
Luego de ello una agradable charla comenzó a surgir, preguntas por aquí, preguntas por allá. ¿A qué os dedicáis? ¿Sois de por aquí?...
-Venid que os enseñamos las habitaciones.

Dos plantas, cada una con tres habitáculos de piedra, unida a lo moderno con paredes límpidas blancas, baños y esa unión de piedra y revestimiento de cerámica. Vamos, un sitio absolutamente recomendable para aquellos que busquen buenos ratos de paz y compañía exquisita.

El caso es que Helena y Pepe, tras conocer que tenía escrito tres libros, no dudaron en adquirir la trilogía al completo y tal fue la buena experiencia, que realizamos un trueque. Así pues, quedamos en ello; La trilogía, por la comida.



Aquí os recomiendo la página de La Almazuela: www.almazuela.es


Desde aquí os envíamos un fuerte abrazo de parte de Ainara y Sergio, por aquella estupenda comida y excelente compañía.

Sin esperarlo y de la nada, en ocasiones y por pura casualidad te encuentras con tesoros que muchas veces dejamos que pasen desapercibidos.

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