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miércoles, 19 de marzo de 2014

Anécdotas del puerta a puerta (13)


Vitoria

Todos conocemos de sobra, el miedo, muchas veces irracional, que existe cuando alguién toca el timbre de la puerta de nuestra casa. Las noticias intensificadas sobre robos, atracos, palizas e incluso asesinatos, tienen mucho que ver con ese temor.
Por la experiencia adquirida en estos dos años y cinco meses, me encuentro todos los días que salgo para promocionar mis libros, a personas que, sin duda, se ven influenciadas por la magnitud de tales informaciones.

No obstante, quizás habituado a cerramientos de puertas, malas caras y expresiones de desagrado, tengo que decir que nunca imaginé encontrarme con la situación con la que me sucedió el lunes de esta semana:

Para ser honestos, quiero dejar claro que la mañana me iba mal. Era el típico lunes... Pocos lectores me habían abierto la puerta de sus casas. Sin embargo, siempre con actitud optimista y constante, llamé, como tantas otras veces, a un nuevo timbre.

Esperé.

Oí algún que otro ruido en el interior. Supuse que había gente y volví a tocar. ¿Sería algún lector?
Al instante, la puerta se abre temerosa. Tanto o más, quizás como el hombre que se mostraba tras ella. Él no decía nada. Entonces comencé con mi presentación.
- Hola buenos días, mira que soy Sergio- pero, un momento, ¿qué es lo que era aquello? No podía ser, pensé- un escritor que está promocionándo la...- ¡Un cuchillo! el hombre llevaba un cuchillo de cocina. Con una hoja de no menos de veinticinco centímetros de longitud- la primera de sus novelas y, y...-una sonrisa nerviosa se me dibujaba en la cara. ¿Qué iba a hacer ese tipo? Estaba claro que no le había pillado trinchando un pollo. La hoja del cuchillo estaba impoluta- y estoy..., estoy buscando a gente que le interese la lectura.
¿No sé si es el caso?

Al fin pude concluir con mi discurso. La mano que agarraba el cuchillo, pude percatarme, temblaba. Al igual que lo hacía la hoja del mismo.
Por mi parte, esperaba, ansioso, una respuesta por parte de aquel sujeto.
Este giró la cabeza varias veces. Se trataba, sin duda alguna, de otro más de los innumerables "noes" con los que me encuentro en mi proceder. Fue ahí cuando dí un suspiro, probablemente de alivio.
Desde una distancia prudencial, pude lanzar la siguiente pregunta;

- ¿Siempre atiendes la puerta, con un cuchillo en la mano?

El hombre no dijo más. La cerró.

Casi cuatro mil lectores de mis novelas. Ni me quiero imaginar las miles de negativas recibidas. A lo largo de este recorrido he recibido gritos, gestos despectivos de todas las clases, aspavientos y caras desagradables, risas irónicas y muchos miramientos por encima de hombros prestigiosos. No obstante, nunca me había abierto la puerta, un perturbado- así me lo pareció- con un cuchillo en la mano.

Está más que claro que algo y muy gordo, nos está pasando como sociedad.


El libro de Mormón

Esto que cuento, sucedió también en la ciudad de Vitoria. Depués de tocar el timbre de una de las puertas ante las cuales me presento, Blanca apareció tras ella. La mujer, amablemente accedió a escuchar mi relato y luego me dijo:

- Vale, te lo cojo, si tú aceptas otro libro.
- Ah, pero es que tú ¿También escribes?- pregunté.
- No, no es mío- respondió- no lo he escrito yo, pero quiero que lo tengas. Quizás te pueda ayudar.

Blanca me obsequió con el siguiente  volumen:


Obsequio de Blanca
Me hizo gracia, una vez me hube despedido de Blanca y yendo hacia otro lugar con el libro en la mano, el hecho de que hubiera tocado la puerta a unos "Mormones".
Tengo que decir que, como ya supondréis,  también me ha ocurrido con Testigos de Jehová, curas, monjas, comerciales de empresas eléctricas, gas, Círculo de Lectores, e incluso trabajadores de Correos y conserjes en edificios de gente acomodada.

Con todos ellos hablo de mis novelas, de mi manera de proceder y les pregunto si son lectores. Algunos de ellos lo son e incluso han optado por adquirir el libro "Soy un gusano".
Se trata de pequeñas paradojas que me resultan curiosas al menos.

Quizás, debido a la educación recibida en los primeros años de mi vida, hubo una temporada en que creía en Dios. Luego, seguramente también a la educación unida a las amistades y diferentes experiencias adquiridas, esas creencias fueron distorsionándose.
Hoy si me preguntan que si soy creyente, siempre respondo con lo mismo:

Creo que es mucho más importante que el propio individuo sea el responsable de su propia existencia.

De todos modos, agradezco el obsequio a Blanca. Lo hizo, lo sé, con buena fe.
Un abrazo desde aquí.

Y una cosa más. Nunca, os lo suplico. Nunca. Aunque estéis trinchando un pollo, abráis la puerta a nadie con un cuchillo en la mano.

Queda feo.


2 comentarios:

  1. Qué bueno eres escribiendo, Sergio!!! Y no lo digo como editora ansiosa de publicarte más obras (qué también) sino como lectora que te admira profundamente. Por tu singularidad, por tu coraje y por la maravillosa y personal forma que tienes de hacerme sentir en el auténtico meollo de lo que cuentas. Un abrazo desde mi corazón...

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  2. Gracias Ana, vosotros, ya lo sabéis, sois como aquella puerta a la que nunca tuve que llamar porque siempre estuvo abierta. Un fuerte abrazo.

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